miércoles, 23 de abril de 2014

Acaparando libros.



A Salvador García, motor de esta holgazana mano que escribe, y a José Miguel Izquierdo, por su eterna sonrisa y porque me ha regalado un ejemplar de su libro sin pedírselo (¡Yupiiii!)

Hoy es 23 de abril y no me he comprado un libro como solía hacer cada año por esta fecha, pero ahora que mi bitoketa ha vuelto a  cobrar poco a poco la función para la que fue creada, debo reconocer que tengo un problema. Hoy por hoy no tiene nada que ver la holgura que se aprecia en las fotos iniciales con el estado actual en que se encuentra la habitación más grande de mi casa. Los libros se han multiplicado por tres o por cuatro. Si ya estaba llena, ahora está repleta de libros y de ganas de leerlos todos… y de tenerlos todos, confieso.

El otro día mi amiga Ana me preguntó si no tendría yo algún síndrome de Diógenes o algo. Creo que no, porque se dice que el síndrome de Diógenes suele afectar a personas ancianas, que viven solas y acumulan grandes cantidades de basura. Ni soy tan vieja, ni estoy sola y llamar basura a mis libros es una gran ofensa a mi juicio… ¡Lávese el cerebro con petróleo quien piense así, hombre, por Dios!

Tampoco creo tener lo que llaman “bibliofilia”, porque no ando detrás de esas ediciones cada vez más exquisitas de un mismo libro. Me valen los libros que tengan letras legibles, independientemente de su tapa dura o sus letras preciosistas estampadas en estucado glossy de trescientos gramos. Y tampoco tengo una bibliomanía. No estoy loca. Mis libros están bastante ordenados y bien localizados. Vamos que hasta cierto punto sé lo que tengo y su valor y están ubicados en un solo lugar, que es esta habitación. Me pone nerviosa encontrar libros entre los juguetes o apilados en los dormitorios en lugar de puestos a disposición de todos donde supuestamente deberían estar, en la bitoketa.

En ese afán mío de tener tantos libros, ayer sin ir más lejos me llevé un palo. Me había comprometido por navidades a adquirir la colección juvenil de “Las aventuras de los Siete Secretos” con una compañera de Facebook, pero mi vida en los últimos tiempos ha tenido mucho de torbellino y poco de poder adquisitivo, así que más que nada por querer zanjar el compromiso y demostrar que soy persona de palabra y por tener de una vez esa hermosa joya en mis manos, contacté con ella. Me dijo que, como en los últimos meses no había tenido noticias mías, los había donado para una buena causa. ¡Ay, mísera de mí! Estas son las cosas que me frustran, aunque bienvenida esa gente que dona sus libros para una buena causa, ¿no? Eso sí, detesto escuchar a la gente que dice haber hecho limpieza en sus casas y haber botado a la basura cajas y cajas de libros. Me hiere en lo más profundo ese comentario.

De hecho, una vez mi padre me trajo un par de cajas de libros que alguien le había dado o había encontrado cerca de algún contenedor de papel, no sé. Me las entregó diciendo que aprovechara lo que sirviera y lo que no lo echara a la basura. Después de mirar minuciosamente el contenido de las cajas le di un folio con un garabato que algún niño había dibujado. “¿Para qué me das esto?” “Lo puedes tirar a la basura”, contesté. Creo que él sí entendió lo que estaba pasando porque a partir de entonces me traía todo aquello que pareciera libro, hasta llegó a salvarlos de la hoguera de un escrutinio parecido al que acaeció con los libros de don Quijote. Se maravillaba de verme limpiando de tierra, insectos y briznas de hierba seca cada una de las páginas de aquellos ancianos libros moribundos y crearles una portada de cartulina solo por mantenerlos abrigaditos.

Dicen las gentes con cierta dejadez que libro prestado es libro regalado. No me niego a prestar según qué libros pero ya me encargo yo de refrescarles la memoria a quienes me los piden, porque no me gustaría que ninguno de mis hijitos deambulara por ahí sin volver a ver nunca más a su mami. Nunca me ha pasado de prestar un libro y no recuperarlo. Y presto muchos. También pido muchos prestados y los cuido como a mi alma. Pero creo que estas cosas no dependen de la voluntad de quien recibe un libro en préstamo sino de la insistencia del prestador.

Porque incluso tener todos los libros me sabría a poco y porque no se ha inventado ese libro que tenga todo lo que sacie mi ansiedad de conocer, en realidad creo que lo mío se llama más exactamente “biblioegoísmo” y, como veo que no existe acepción ni concepto, me permitiré, como lingüista que soy, acuñar el término y aun definirlo. El biblioegoísmo consiste en acaparar todos los libros para recrearse mirándolos como un tesoro, leyéndolos y paladeando sus contenidos cuando se puede, sin dejar de vivir y disfrutar de otros placeres y quehaceres, prestándolos pero sin dejar que el azar y el desentendimiento se hagan con sus destinos. Un biblioegoísta no regala nunca un libro en fechas señaladas, a no ser que tenga para sí otro igual. Tampoco se desprende alegremente de sus libros repetidos; en casos extremos y única y exclusivamente por necesidad de espacio, a último remedio los vende por precio simbólico o los cambia por otros que aún no tiene. Sus libros son uno de sus más preciados objetos y siempre querrá compartir contigo la diversión y el conocimiento que halló en su lectura, te inculcará que los leas y te los prestará incluso sabiendo que no lo vas a hacer.

Pues no sé cómo he podido superar este 23 de abril sin comprar un libro. Tendré que resarcirme. ¿Cómo sería tener todos los libros? Hmmmm… Parece que… necesito una bitoketa más grande.

sábado, 6 de octubre de 2012

¿La justificación del desorden?


No es que quiera justificarme, pero reconozco que en casa en cuestión de orden podría parecer que somos un desastre. No porque no me guste ser ordenada, ni porque no me esfuerce por intentarlo, pero es entrar en la bitoketa y pensar "Porrr favorrr, ¿qué caos es éste? Es que aquí no se limpia ni se ordena". Creo que te equivocas de lleno. Dicen que tu libertad acaba donde empieza la de los demás. En la mesa de la bitoketa es igual. Se aplica la ley del más fuerte. Aquí cada una lucha por el espacio donde estar y crear libremente. Mantenerlo ordenado es someterse sólo a las reglas impuestas desde fuera. Así que sólo la verás ordenada cuando no hay nadie que la use, que por otra parte eso nunca ha pasado, o cuando se impone una visita, o un evento importante por aquello de aparentar lo que no se es. De resto verás que, cuando una de nosotras va a crear algo nuevo, empuja y arrastra literalmente lo del otro hacia un lado para hacerse el espacio necesario en la mesa, restándole centímetros al de los demás. Y así mi pequeño espacio, donde habitualmente descansan mi ordenador, mi agenda y mis apuntes, miles de veces se ve invadido por las muñecas de Aída con sus últimas creaciones y sus telas, hilos y agujas, sus lápices de colores y sus dibujos, una nintendo o sus juegos o carátulas abiertas de cualquier manera, los libros del cole, papel de calcar, la notita que manda la maestra para anunciar cualquier cosa, los dibujos mangas de Estéfani, su ordenador y complementos, las diademas y coleteros, los auriculares, los cds, más recortes de tela, lápices grandes y chicos, útiles o inútiles, restos de alambre, perlas y cuentas varias, mis alhajas abandonadas al llegar de la calle, más cables, marcadores fluorescentes, hilos de lana, más apuntes, más notitas, por otro lado Chipy descansando sobre un folio, sobre un cuaderno, sobre una mochila, sobre cualquier cosa, porque para un gato cualquier cosa es una cama... Pero así es la bitoketa. No pretendas que sea de otro modo, porque de estar limpia y ordenada seguro que estaría muerta y muerta no es atractiva. Con una caja de juguetes en perfecto orden no apetece jugar. En una estantería de libros perfectamente ordenados no apetece perturbar dicho orden. A una tarta primorosamente adornada es como pecaminoso hincarle el diente. Opino que un espacio propio como éste es para vivirlo y disfrutarlo a tope y que sea el reflejo de nuestra personalidad. De nada sirve el espacio de una casa lóbrega y estática para la mera contemplación. Y me da que pensar que la bitoketa abruma y apabulla a quien la vea desde fuera. Muy en el fondo, reconozco que me gusta que la estantería de los cuentos a ratos esté abarrotada de libros fuera de su sitio y amontonados de cualquier manera porque eso quiere decir que mis hijas o sus amiguitas los han hojeado o leído. Me gusta que haya dibujos y lápices por todas partes porque eso quiere decir que alguien ha estado dibujando, pintando o proyectando, dejando volar las ideas que salen de su mente. Me gusta ver recortes de telas y restos de hilos por cualquier parte porque sin duda aparecerá en cualquier esquina de la mesa una muñeca con un nuevo vestido hecho de torpes pero ya seguras puntadas. Me quejo del desorden de la bitoketa pero lo siento necesario y a veces ya no lucho contra él y pienso que ojalá en todas las casas hubiera un espacio de libertad sin las cortapisas de lo políticamente correcto y ordenado.

martes, 14 de agosto de 2012

Bienvenidos



¡Hola a todos!

Les doy la bienvenida a este espacio. En mi casa hay un sitio muy especial, la biblioteca, que fue bautizado dos veces: la primera por un cura que la roció con agua bendita allá por el otoño de 1997 para que fuera un lugar donde la creatividad, el esfuerzo, la amistad y la cultura tuvieran un lugar. Luego, por una personita que, al tiempo que pronunció por primera vez "bitoketa", se percató del error y corrigió el término por "biblioteca" casi inmediatamente. Me gustó su manera de rectificar y mejorar su pronunciación, pero aun así me reservé el término cariñoso como una lección de aprendizaje y de vida.

Éste también es un sitio donde mejorar cada día. La bitoketa es un lugar donde me gusta estar y hacer muchas cosas; es la habitación más grande y la principal de mi vida y de mi casa, donde, entre otras muchas cosas, se aprende, se juega, se comparte, se enseña, se descansa y se es persona. Aquí siempre hay un proyecto para poner en práctica.

Sin más, te invito a conocer LA BITOKETA DE CAMY